Llegamos a Montpellier de noche y no pude evitar dar una vuelta por esa ciudad que me encantó desde el primer momento. Sus calles están muy iluminadas y rebosantes de gente. Me sorprendió también la cantidad de ~clochards~ (mendigos) que hay, es muy típico que se acompañen por perros. éstos los abrigan y protegen de los robos de los otros mendigo. Creo que son también un salvavidas. N. me contó una vez que fue un clochard en una época de drogas y vagancia. Un día un amigo le regaló una perra y nació en él el compromiso de ocuparse de ella, alimentarla y "sacarla de la calle", fue así, gracias a ella que abandonó la calle y ahora viven felices en una ciudad del norte. Esa noche llegué a la casa de Eric, un inspector que vive momentáneamente en mi residencial. Estaba junto a su esposa y sus hijos. Comimos algo típico de la región junto a una botella de Moscato. Después me aconsejaron algunos puntos de interés para visitar al día siguiente. Era un día viernes y mientras llovía a cántaros en Orléans, el sol me saludaba en la mañana. Bajé al centro y arrendé una bicicleta.
Un alcalde de Montpellier, Georges Frêches, es fanático de la cultura griega y se ocupó, durante su mandato, de estrechar los vínculos entre la ciudad y sus comediterráneos. Abundan entonces bustos y estatuas de deidades y motivos helénicos y resalta sobretodo ~Antígona~, un barrio de arquitectura neo-griega diseñada por el arquitecto Ricardo Bofill. Me aguanté el hambre esperando encontrar un sucucho típico en el barrio, graso error, lo que tenía de bello, lo tenía de caro y cuico. Antigone termina a las orillas del río Lez, donde se puede hacer cayac y otras actividades acuáticas.
El jardín es genial. Aunque queda en el corazón de la ciudades muy apacible y tranquilo, en el centro llegas a perder completamente los ruidos de los autos. Hay muchas personas leyendo, contemplando el paisaje y jugando con sus niños. Si viviera en Montpellier sería uno de mis lugares favoritos.
Las entradas para el cine estaban muy caras (5 Euros por función), así que entré a ver un sólo filme: "Les inmigrés" de José Vieira. Es un documental sobre inmigrantes portugueses que retornaban a su país luego de haber trabajado toda su vida en países como Francia o España. Todos tenían en común el extraño sentimiento de ya no pertenecer a su país natal (ni tampoco al país donde fueron a trabajar). Era como si hubieran dejado un importante pedazo suyo en Portugal, el cual quedaría congelado esperando su regreso después de emprender un viaje motivado por la necesidad.
Pero después de varios años, cuando llegó el ansiado momento del reencuentro, se dieron cuenta de que ese pedazo en sepia se había marchitado y el pequeño espacio que les tenía reservado estaba ahora ocupado por otras personas, otras casas, otra vida… Cortados los vínculos espacio-temporales, se vieron obligados a recomenzar una nueva vida a los 50 o 60 años, teniendo como únicos vínculos el idioma, su cultura y las costumbres que el chovinismo pudo salvar. Al ver a esos hombres y mujeres tan contrariadxs, volví a preguntarme de qué sirve la bandera, la patria y el nacionalismo. Creo que las enfermedades que afectan a las personas, como el “mal del país”, la nostalgia por el eterno retorno de Ulises o de Kundera, así como también la discriminación racial y los grupos fascistas ultranacionalistas tienen arraigados hasta la médula esos tres elementos. Personalmente prefiero despojarme de ellos y agarrarme a cualquier otra cosa para fortificar el espíritu, ¿y ustedes?
Después del cine llamé a Kumar, q quien había contactado por couchsurfing, pero esa historia la dejo para otro día.
Vuestro,
R.